Salir al sol

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En Mashogar creemos que un hogar no es solo un lugar, sino una forma de mirar.
Esta nota no habla de objetos ni de soluciones rápidas.
Habla de ver.

Salir al sol.
Me agarré de esa frase con la intención de darle un sentido poético. Porque, literalmente hablando, salir al sol solo te quema la piel si no te ponés protector solar.

Pero no hablo de eso.

Salir al sol no es bienestar, ni felicidad, ni iluminación espiritual. Salir al sol es exposición. Es dejar de esconderse. Es permitir que haya luz para poder ver.

Para profundizar en esta idea voy a poner de ejemplo a su servidor, Andrés Candia.
El 2019 (Aunque lo disfrute muchisimo) me confundió profundamente. Fue el año en que me gradué de la secundaria sin saber qué carrera seguir. a mi novia le fui infiel. Luego fui infiel con la chaperone. Después pensé que amaba a la chaperone. Al mismo tiempo recibía un diagnóstico de autismo Asperger.

Había poca luz. Era difícil ver el paisaje completo.

Buenos Aires fue ruido, luces de autos, bocinas, gente, una ciudad con una encantadora falta de interés por el individuo. Y, curiosamente, eso me dio un respiro. La ciudad me dio un sentido benevolente: el de entender que poco importa la verdad personal cuando hay un mundo inmenso ahí afuera, uno al que alguien le dio play y está corriendo, y va a seguir incluso después de mi muerte.

Justo cuando empezaba a pensar, apareció la noticia: COVID-19. Las fronteras iban a cerrarse. Me encontré frente a una decisión simple: quedarme o volver a Paraguay. La decisión fue fácil.

Volví a Paraguay, a un pueblo hermoso, lleno de árboles y maravillas naturales como las cascadas del Salto Tembey. El lugar perfecto para atravesar una pandemia. Y la pandemia —con todo respeto a quienes perdieron a sus seres queridos— para mí fue un enorme respiro. Una excusa perfecta para no estudiar todavía. Para un sabático involuntario. Para decir que no se aprende igual online.

Yo trabajaba como fotógrafo. Con los eventos bloqueados, ¿qué tenía que hacer?
Me fui por el camino obvio: drogas.

Al principio, marihuana de vez en cuando. Con el tiempo, marihuana todos los días, alcohol y cocaína. Cocaína de vez en cuando porque es cara. Poco me importaba mi vida. El “yo” no existía en ninguna ecuación mía y, en mi percepción, tampoco existía en la ecuación de nadie que me conociera.

Y aun así, era feliz. Extáticamente feliz.

Meditaba seguido. Me bañaba en arroyos, en cascadas. Exploraba la naturaleza como un fanático. Tenía trabajos de fotografía de vez en cuando, lo cual era genial. Pero la pregunta seguía ahí: ¿cuál es el sentido de todo esto?

En 2022 nos reunimos con unos amigos en mi casa. Poco recuerdo de esa noche, solo la sensación clara de que algo estaba terriblemente mal. Tan mal que terminé la reunión de forma abrupta, sin demasiadas explicaciones. Tenía poco de dónde sostenerme. El mundo empezaba a volverse un lugar demasiado oscuro.

A mitad de 2022 apareció una nueva promesa: la inteligencia artificial. ¿Un nuevo dios? ¿El anticristo? El debate sigue abierto. “Vamos a estar mejor”, decían.

Yo seguía desconcentrado, perdiendo el foco, sin saber hacia dónde ir. Lo único que me consolaba era ver lo pequeño que soy. Enamorarme de la física, de la astronomía. Entender que somos polvo de estrellas no como metáfora, sino como hecho.

Mientras tanto, manejaba ebrio y a alta velocidad. Me asomaba al borde de las cascadas. Caminaba equilibrándome sobre la baranda de los puentes. Era una conducta autodestructiva inconsciente. No sabía lo que estaba haciendo.

Hasta que pasó lo inevitable.

Tuve un accidente. Estaba ebrio. Manejaba sin registrar nada, a alta velocidad. Cuando volví en mí, estaba en el piso. En la oscuridad literal. Pero incluso ahí había algo de luz. Pocas veces se encuentra una oscuridad total. Hace falta una combinación muy específica para eso, y yo ya la conocía.

Una vez, volviendo de un evento en Ape Aime, paré la moto en medio de la nada. Apagué todo. Me quedé quieto en una oscuridad total. ¿Para qué? Para invocar fantasmas, claro. Aunque estoy seguro de que si veía uno me hubiera dado el susto de mi vida.

En febrero de 2023 volví a Buenos Aires. Meses después me enteré de que mi mejor amigo se había sumado al club de los 27. Yo iba por ese mismo camino.

Hasta que me di cuenta de algo simple.

El sol siempre está ahí afuera brillando. Pero de nada sirve si no lo usás para ver. Podés tener una ventana enorme y aun así mantenerla cerrada.

La energía cósmica de las estrellas, la fuerza de nuestro sol en la Tierra, está dentro de nosotros. No como promesa, sino como hecho. Somos eso. Y por eso somos capaces de desatar nudos que parecían imposibles.

Está bien estar en la oscuridad. Salir de ella no es obligatorio. La oscuridad no es mala: es simplemente no poder ver.

Pero darse cuenta lo cambia todo.

Darse cuenta frena tragedias que ya estaban en camino. No porque salve, sino porque interrumpe. Es una pausa. Una grieta mínima por donde entra la luz.

Salir al sol no es la solución.
La solución es ver.

Porque lo que hace el sol no es rescatarte.
Lo que hace el sol es iluminar,
para que puedas ver.

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